Un pinchazo camino al trabajo costó ciento noventa euros. Antes, habría ido a tarjeta con intereses. Su pequeño fondo automático cubrió el taller y el taxi. Nadie discutió, el plan habló por ellos, y repusieron en cuatro semanas exactas.
Otro lector tuvo saldo bonito, pero en la misma cuenta de débito. Cada fin de semana, goteo constante lo erosionaba. Separar en una cuenta aparte con límite de movimientos cambió la historia: menos tentaciones, más claridad, y crecimiento sostenido sin vigilancia obsesiva.
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